El silencio se había instalado entre nosotros después del beso, pesado, casi tangible, como si el aire hubiera decidido tomar forma y nos rodeara con su presión. Dante seguía junto a mí, su mano rozando la mía, pero de alguna manera sentía que el mundo interior que me había sostenido hasta ahora empezaba a resquebrajarse. Un recuerdo, una sombra que llevaba enterrada demasiado tiempo, surgió sin avisar, irrumpiendo en mi conciencia como un grito que nadie había escuchado antes.Fue un fragmento pequeño al principio: un sonido, un rostro difuso, una risa que no debería existir. La sensación era húmeda, pegajosa, como la niebla de una noche que nunca termina de irse. Respiré hondo, intentando anclarme al presente, al calor de Dante, a la certeza de su beso, a la seguridad relativa que Ivy había construido para mí. Pero la memoria era insistente, reclamando su espacio, desgarrando los bordes de mi mente con uñas invisibles.Vi mis manos, pequeñas, temblorosas, y de repente recordé el día
Leer más