El mundo se había vuelto un susurro opaco. Incluso el sonido de mi propia respiración parecía lejano, amortiguado, como si hubiera caído dentro de un túnel interminable donde las emociones se desvanecen antes de poder tocarme. No sentía miedo, no sentía rabia, no sentía dolor. Solo un vacío profundo, frío y absoluto que se extendía por cada fibra de mi ser.
Me escondí en la penumbra del corredor, pegada a la pared, observando desde la distancia sin ser vista. Cada palabra que cruzaba la habitación frente a mí era una daga invisible, penetrando en el espacio donde mi mente ya no podía refugiarse. Ethan hablaba, y sus palabras flotaban con una claridad quirúrgica, cada frase un análisis, cada tono una sentencia que despojaba de humanidad cualquier rastro de compasión.
—Si ella pierde el control de nuevo —decía Ethan, la voz baja pero cargada de precisión—, debemos neutralizarla antes de que cause daños irreversibles. No podemos permitir que emociones incontroladas interfieran con la efi