El silencio de la cabaña se había vuelto casi insoportable, pesado como plomo, cargado de la electricidad residual de lo que yo había desatado. Mis manos todavía temblaban, el pulso acelerado y la respiración entrecortada, mientras Dante permanecía en el otro extremo de la habitación, apoyado contra la pared, la mirada perdida en un punto invisible, como si evaluara algo que yo no alcanzaba a comprender.
Sentí el peligro antes de escucharlo. Esa tensión oscura que siempre precedía a sus decisio