La respiración de ambos llenaba la sala, pero Yago, insaciable y buscando llevar la situación al límite, detuvo sus movimientos por un instante. Su mirada, oscura y depredadora, se desvió hacia el suelo, donde yacían esparcidas las pertenencias de Belém. Allí, junto al bolso y la ropa formal, estaban sus zapatos: unos tacones de aguja negros, altos y afilados, que gritaban elegancia y peligro.—Póntelos —ordenó Yago, señalando los zapatos con un gesto de cabeza, sin soltarla del todo.Belém, aturdida por la interrupción pero programada para obedecerle en ese espacio de intimidad, asintió sin titubeos. Se deslizó fuera del sofá, con el cuerpo desnudo brillando por el sudor, y se calzó los tacones. El acto de estar completamente desnuda, vistiendo únicamente esos zapatos que estilizaban sus pantorrillas y elevaban sus glúteos, transformó su postura y la percepción de Yago.Yago la observó con una apreciación posesiva. La tomó del brazo y la giró, empujándola suavemente hasta el borde de
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