La película había llegado a los créditos finales hacía horas, y el televisor se había apagado automáticamente, dejando la habitación sumida en una penumbra azulada. La paz, la tranquilidad y el calor compartido bajo las sábanas habían actuado como el narcótico perfecto para que ambos cayeran rendidos.
Sin embargo, a pesar de que era sábado y el cuerpo pedía descanso, el reloj biológico de Yago no conocía de fines de semana. A las 5:00 de la mañana en punto, sus ojos se abrieron. No hubo transic