Wolf, Christina y Astrid se inclinaban sobre el mapa. El cuerpo de Wolf se sentía restaurado, sus heridas superficiales curadas por los ungüentos de Borin, pero su alma seguía en carne viva. Llevaba una mano a su costado, no por el dolor de la herida, sino por el recuerdo de Gorok y, peor aún, el recuerdo de Kael.—No más dolor, Wolf. No más Kael —dijo Christina, su voz era un hilo de seda firme, la mano que detuvo los dedos de Wolf sobre el mapa era pequeña, pero su autoridad, inmensa—. Freyja cree que ha ganado. Creen que estás muerto o que estás preso en un calabozo, un loco que murió por una Reina que ya no existe. Esa es nuestra mayor ventaja.—Ella ha jugado con fuego. Me ha quitado todo, pero me ha dado un propósito. Debemos actuar en las sombras, como un lobo cazando, no como un ejército marchando. Primero, la fuerza. El primer paso es unir a los clanes del Norte.Astrid, con la pragmática frialdad de una líder montañesa que conocía el precio de la supervivencia, tomó la palab
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