El silencio en la oficina de Donatello era tan denso que casi podía palparse. Sobre el escritorio de caoba, los papeles de los resultados médicos parecían brillar bajo la luz artificial, revelando una verdad que Jaime, el hombre de confianza, jamás esperó presenciar. —Me alegro por usted, señor —murmuró Jaime, rompiendo el hechizo de incredulidad. Su voz, usualmente monótona y profesional, dejó escapar un matiz de genuina calidez—. Verlo sonreír así... después de tanto tiempo, después de todo lo que ha pasado, me devuelve la esperanza a mí también. Donatello no despegaba la vista del documento. Sus dedos, marcados por años de decisiones difíciles, temblaban ligeramente. Aquella chispa que creía muerta, sepultada bajo capas de cinismo y dolor, acababa de encenderse de nuevo. Pero la alegría en este mundo siempre venía con espinas. —¿Qué hará si ella ahora es una de ellos? —preguntó Jaime, bajando el tono, como si las paredes pudieran escuchar la vulnerabilidad de su jefe. Donate
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