La tarde caía sobre el campus de la universidad con una luz dorada y melancólica, de esas que parecen anunciar el final de algo importante. Yestin caminaba por el sendero principal, rodeada de estudiantes que reían y planeaban su fin de semana, ajenos al torbellino de oscuridad que ella cargaba en el pecho. Llevaba una gabardina ancha, un intento desesperado por ocultar un vientre que, aunque todavía no se notaba, para ella pesaba como si cargara el mundo entero. Se detuvo en seco cuando lo vio. A unos metros de la salida, apoyado contra su auto negro, estaba Castiel. No era el hombre impecable que ella recordaba. Su traje estaba ligeramente arrugado, no llevaba corbata y su cabello, usualmente peinado hacia atrás con precisión, caía rebelde sobre su frente. Se veía demacrado, con ojeras profundas que hablaban de noches en vela y demasiado alcohol. En cuanto sus ojos se encontraron, Yestin sintió un tirón violento en el corazón. Quiso dar la vuelta y correr, desaparecer entre los e
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