El bar olía a una mezcla rancia de aserrín húmedo y desesperación. Castiel estaba desplomado sobre la barra, con la corbata deshecha y la camisa abierta en el primer botón. Sus ojos, antes afilados como cuchillas de obsidiana, ahora estaban vidriosos, fijos en el fondo de un vaso que ya no contenía whisky, sino solo el eco de una traición.
Había perdido la cuenta de cuántas botellas habían pasado por su mano. El alcohol no era un anestésico, era un combustible que hacía que las imágenes de Yes