El muelle viejo olía a salitre, madera podrida y olvido. Era el lugar perfecto para los que no querían ser encontrados, un laberinto de contenedores oxidados que proyectaban sombras alargadas bajo la luz mortecina de la tarde. Yestin detuvo el auto con un frenazo que hizo chillar las llantas. Sus manos todavía temblaban sobre el volante, y el frío del collar de mariposa parecía quemarle la piel del cuello. En estos momento agradece a Joseph por enseñarle a manejar.
Al bajar del vehículo, el