Los días en la ciudad se habían vuelto grises, no por el clima, sino por esa pesadez que se siente cuando algo se ha roto definitivamente. Castiel estaba irreconocible; el hombre que antes dominaba las juntas de consejo con una mirada de acero, ahora se desplomaba y se hundía en la penumbra de su penthouse. Las botellas vacías de cristal caro se acumulaban en la mesa, y el silencio de ese lugar, que antes olía a ella, ahora solo le recordaba su propia estupidez.
River, por su parte, permanecía