El sol de la mañana entraba por los ventanales de la suite del hotel con una crueldad metálica, iluminando cada rincón de la habitación que ahora se sentía pequeña y asfixiante. Castiel ya no estaba en la cama; se vestía con movimientos mecánicos, con los ojos inyectados en sangre y las manos todavía temblorosas. El silencio era denso, interrumpido solo por el roce de la seda de las sábanas cuando Chloe se incorporó, observándolo con la satisfacción de quien acaba de ganar una guerra de trinche