El refugio de Donatello Armani en la costa no era una mansión de cristal como la de los De la Rua; era una fortaleza de piedra y madera oscura, un lugar que respiraba una calma tensa, como el ojo de un huracán. Yestin estaba sentada en un sillón de terciopelo, con las manos apretadas alrededor de una taza de té que ya se había enfriado. Frente a ella, su padre la observaba con esa mezcla de dureza y devoción que solo un hombre que lo ha perdido todo y lo ha recuperado en una hija puede tener.