El trayecto desde la oficina hasta el penthouse fue un borrón de luces y frenazos bruscos. Castiel manejaba con una furia ciega, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, casi transparentes. En el asiento del copiloto, el sobre abierto se burlaba de él. Cada vez que bajaba la vista y veía el rostro de Armani junto al de su esposa, sentía una puñalada de fuego en el orgullo..
Llegó al edificio y ni siquiera esperó a que el valet tomara las llaves; dejó el auto en