La reunión final con Dante fue tres días después.No en el almacén del sector industrial. Esta vez en una sala de reuniones de un edificio de oficinas en el centro de la ciudad, del tipo que se alquila por horas y no hace preguntas. Luz natural, mesa de madera, sillas que no eran metálicas. Un esfuerzo deliberado por cambiar el registro de lo que había sido antes.Llegamos Adrián y yo primero. Alejandro llegó cinco minutos después con Renzo, que seguía con esa expresión de haber comido algo amargo pero haber decidido tragarlo de todas formas. Y Dante llegó exactamente a la hora, solo con un asistente, sin los hombres de los encuentros anteriores.Era un gesto de señalización. Lo entendí de inmediato: sin los hombres, sin presión visible, Dante comunicaba que venía a hablar de verdad. Que el teatro había terminado.Nos sentamos.Dante me miró cuando lo hice.—Señorita Martínez —dijo.—Lucía —dije, como la primera vez.Algo en su cara. El mismo reconocimiento de antes, pero con una capa
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