El almacén ardía desde hacía cuarenta minutos cuando llegamos al sector este.Los bomberos ya estaban allí, pero el fuego había ganado demasiado terreno antes de que llamaran. Las llamas salían por las ventanas del segundo piso con esa violencia tranquila del fuego que ya no necesita alimentarse de otra cosa que no sea sí mismo. El humo era negro y denso y olía a plástico quemado y a algo más, un olor acre y químico que Adrián reconoció antes que yo.—Acelerante —dijo, con la mandíbula apretada—. Esto no fue accidental.No lo era. Lo sabíamos los tres. Marco, que había llegado diez minutos antes que nosotros, nos esperaba en el perímetro con la cara de quien ya ha evaluado el daño y los números no cuadran.—¿Cuánto había dentro? —preguntó Adrián.—Lo suficiente para que la pérdida de evidencia sea total —dijo Marco—. Documentos, registros de carga, el servidor local. Todo. —Hizo una pausa—. Lo que queda son las copias digitales que guardamos en el sistema central, pero si alguien sabí
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