A la mitad de los diez días, Alejandro me pidió que fuera a verlo.
Esta vez no fue en el bar del sector centro. Fue en la casa, en el despacho donde yo nunca entraba porque era el espacio que él reservaba para el trabajo y el trabajo de Alejandro siempre había sido territorio que yo no pisaba. Pero me abrió la puerta y me hizo pasar, lo cual decía algo sobre cuánto había cambiado la distancia entre nosotros en las últimas semanas.
El despacho era como yo lo recordaba de los pocos vistazo accide