Alexander Lee Alexander Lee Yo, un hombre de negocios con millones en la cuenta y la vida bajo control, estaba ahí, sentado frente a un ritual en el que ni siquiera creía. Miraba a Aimunan; todo esto era por ella, porque en sus ojos veía una esperanza que yo había perdido hacía años. Ya le había dicho que lo intentaría, y yo soy un hombre de palabra. Respetaba a los sacerdotes —mi abuelo me enseñó a no subestimar lo antiguo—, pero en mi mente moderna, estos rituales ya deberían estar obsoletos. El silencio era total, denso como el plomo. De pronto, los monjes comenzaron a recitar una oración en un coreano antiguo, buscando abrir la mente y el corazón. Aimunan tenía los ojos cerrados, pero su semblante no era el de alguien confundido, sino el de quien acepta una verdad que ya conocía. Sentí sus manos entrelazarse con las mías. En ese instante, una calma que no puedo describir con palabras me recorrió el cuerpo. Cerré los ojos. Aunque estábamos en un palacio antiguo sin ventilació
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