Esa misma noche, cuando la tensión acumulada del día aún parece adherida a las paredes como un eco persistente que se niega a desaparecer, Jean Pol rompe el silencio con una naturalidad cuidadosamente ensayada, como si lo que está a punto de decir no fuera más que un detalle menor dentro de una rutina perfectamente controlada; y, sin embargo, en la forma en que se detiene frente a Amara, en la manera en que la observa antes de hablar, hay algo que no encaja del todo, algo que vibra bajo la superficie con una intención demasiado precisa para ser casual.–Tengo que viajar –dice finalmente, ajustándose el reloj con un gesto lento, medido, casi ritual. – Un asunto de negocios que no puede esperar.Amara no responde de inmediato; no porque la noticia le sorprenda, sino porque ha aprendido, con una rapidez que incluso a ella misma le inquieta, a medir cada reacción frente a él, a dosificar cada gesto, cada palabra, cada silencio, y por eso simplemente levanta la mirada con una expresión neu
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