Esa misma noche, cuando la tensión acumulada del día aún parece adherida a las paredes como un eco persistente que se niega a desaparecer, Jean Pol rompe el silencio con una naturalidad cuidadosamente ensayada, como si lo que está a punto de decir no fuera más que un detalle menor dentro de una rutina perfectamente controlada; y, sin embargo, en la forma en que se detiene frente a Amara, en la manera en que la observa antes de hablar, hay algo que no encaja del todo, algo que vibra bajo la supe