Días después, cuando el proceso que alguna vez pareció impensable finalmente se materializa en un documento frío, sellado y definitivo, Liam permanece de pie frente al escritorio sin moverse, sosteniendo el papel entre los dedos como si su peso fuera mayor al de cualquier contrato que haya firmado en su vida, porque no es tinta lo que está viendo, no son cláusulas ni firmas lo que le arde en la mirada, sino la confirmación de una pérdida que ya no admite marcha atrás, una línea que ha sido cruz