Las semanas no pasan, se arrastran con una lentitud cruel que termina por erosionar la paciencia incluso de alguien como Liam, que ha aprendido a resistir bajo presión, a sostener el control cuando todo amenaza con desmoronarse, pero esta vez no hay nada tangible a lo que aferrarse, nada que golpear, nada que derribar, porque el enemigo no deja huellas y eso, más que cualquier prueba en su contra, es lo que termina por desesperarlo.
La oficina de Cristóbal ya no parece un espacio de trabajo, si