Hubo un tiempo en que la verdad fue un lujo que ninguno de ellos podía permitirse. Un tiempo en que las palabras se medían con cuentagotas, las miradas se esquivaban como puñales y el amor —si es que puede llamarse así lo que hacían para sobrevivir— se parecía más a un pacto con la soledad que a un refugio. Ese tiempo, el de las grietas profundas y los silencios cómplices, no empieza en estas páginas. Pero termina en ellas.Lo que tienes entre las manos (o en la pantalla, o en la voz de quien te lo cuenta) no es un relato lineal. Es un mapa de heridas que aprendieron a cicatrizar juntas. Es la crónica de unos náufragos que, en lugar de ahogarse por separado, decidieron construir una isla. Y esa isla, con el tiempo, dejó de ser un lugar de exilio para convertirse en un hogar.Los protagonistas de esta historia no son héroes. Clarissa tiene el valor de quien ya no tiene nada que perder, pero también el miedo de quien ha perdido demasiado. Mateo carga con la culpa como quien carga un las
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