Clarissa sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No de tristeza. De algo que no tenía nombre, algo que llevaba años dormido y que ahora, en aquella biblioteca, entre estanterías llenas de verdades a medias, despertaba.
—Besa —dijo, y era una orden, pero también una súplica—. Bésame, Mateo. Antes de que cambie de opinión.
Él no necesitó que se lo repitieran.
Se inclinó hacia ella, despacio, como quien se acerca a un animal que puede huir. Sus labios encontraron los de Clarissa. Fue un be