Clarissa se giró para mirarlo. Tenía los ojos verdes aún empañados por el sueño, pero en ellos brillaba una determinación que le recordó a la noche del faro, cuando Mateo se había puesto delante de ella sin dudar.
—Eso asusta —dijo ella.
—Lo sé.
—Decirle al mundo que dos primos, herederos de un imperio podrido, se han enamorado mientras desenterraban los crímenes de sus familias... eso es carne de cañón para los periódicos. Para los chismes. Para la gente que espera que fracasemos.
—Lo sé —repi