Cuarenta kilómetros después, aparcaron los coches en un mirador abandonado. Desde allí, se veía la casa: una construcción antigua, de piedra oscura, con un tejado a dos aguas y una chimenea que humeaba levemente. Había un coche aparcado junto a la puerta. No era el utilitario azul. Era un todoterreno negro, con las lunas tintadas.
—Está ahí —susurró Irene.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Lily.
—Porque ese coche no estaba hace tres semanas cuando pasé por aquí. Y porque la chimenea echa humo. No hace