Sabía que la vida siempre me presentaría nuevos desafíos, que la realidad nunca sería tan perfecta, mierda, si que ha sido jodido, pero al cerrar los ojos y sentir el calor de su abrazo, supe que habíamos encontrado nuestro lugar en el mundo. Sin embargo, a la mañana siguiente, la realidad decidió tocar a nuestra puerta antes de lo previsto. Gabriel aún dormía, exhausto por las jornadas interminables de las últimas semanas, cuando el timbre de la mansión resonó con una insistencia inusual. Me incorporé con cuidado, tratando de no despertar a Alis, que descansaba en su moisés. Mis manos sudaban. ¿Quién podría ser tan temprano?Bajé las escaleras lentamente, sintiendo cómo el suelo de madera crujía bajo mis pies. A través de la mirilla, vi una figura solitaria. No era Antonio. Era una mujer de aspecto severo, vestida con un traje sastre impecable, con documentos bajo el brazo. Abrí la puerta con desconfianza.—¿Mía Fermonsel? —preguntó ella, sin ni siquiera saludar.—Sí, soy yo. ¿Quién
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