La venganza del multimillonario
El día de nuestro reencuentro, Teresa vestía un uniforme barato de camarera, sosteniendo una bandeja de champán mientras se abría paso humildemente entre la élite.
Frente a ella, su Rafael estaba de pie en el escenario, bajo los reflectores, sosteniendo la mano de una elegante heredera y anunciando su compromiso.
La mirada que él le lanzó era tan gélida como si viera a una completa desconocida.
—Señorita, ¿está herida?
Aquellos ojos grises que alguna vez rebosaron amor, ahora solo mostraban una cortesía distante y cruel.
Movido por su sed de venganza, él compró todos sus lugares de trabajo de la noche a la mañana, cortando cada una de sus salidas y empujándola al abismo para verla luchar en la miseria. Pensó que verla derrotada, suplicante y en lágrimas llenaría el vacío que ella dejó hace seis años.
Hasta que ese día, en aquel apartamento húmedo y deteriorado, vio a una pequeña niña con un par de ojos grises idénticos a los suyos.
La pequeña tiró del dobladillo del vestido de Teresa y preguntó tímidamente:
—Mamá, ¿quién es este señor extraño?
En ese instante, el temido magnate Rafael sintió, por primera vez en su vida, cómo su corazón se hacía pedazos...