El Fuego que Quemó Nuestro Amor
Llevábamos cinco años casados por el civil, y mi esposo, Adrián Lobera —bombero—, siempre decía que no tenía tiempo para celebrar la boda. Y, de pronto, sí tuvo tiempo.
El día de la ceremonia, por más que lo intenté, no pude comunicarme con él.
Hasta que vi un en vivo en internet: Roxana García lo llevaba del brazo y él recibía una medalla de manos del mismísimo alcalde.
Los comentarios rebosaban de envidia:
—La esposa de Adrián está guapísima, no como esas que solo saben hacer los quehaceres.
—Sí, tan elegante, tan segura; seguro que es el gran apoyo detrás de Adrián.
Yo, temblando, miré mis manos ásperas. Estuve a punto de comentar que esa mujer no era su esposa cuando se oyó un "¡Bum!". En la cocina, una fuga de gas provocó una explosión.
Con la piel ardiendo, como si me la hubieran cocido por el calor, lo llamé desesperada para pedirle ayuda. Pero él me interrumpió, impaciente:
—¿Qué estás inventando ahora? Te avisé lo de la boda para que no salieras con tus dramas. El papá de Roxana murió salvándome la vida; dejar que me acompañe y se haga pasar por mi esposa no es para tanto, ¿no?
Me quedé helada.
Y colgó. Sin dudarlo.