LA MUJER QUE COMPRÓ A SU VERDUGO
Ginevra Moretti firmó el contrato sin leer la letra invisible.
Creyó que rescataba el nombre de su padre. En realidad, se entregó al hombre que firmó su muerte.
Nico Rinaldi. Frío, preciso, leal a una familia que le debe la vida y a la que él le debe todo lo demás. Su nombre aparece en el documento que Ginevra encontró en el sótano prohibido: ejecución autorizada. Cuatro palabras que deberían convertirlo en su enemigo.
Deberían.
Pero Nico fue el único voto en contra. Y eso no lo absuelve de nada, aunque tampoco lo condena del todo. Y en el sur de Italia, donde los apellidos se compran con sangre y los contratos no admiten rescisión, la línea entre el hombre que te destruyó y el hombre que intenta salvarte es exactamente tan delgada como para que resulte imposible no cruzarla.
Ginevra entró en esa casa para enterrarlos a todos.
Lo que no calculó fue que la verdad sobre su padre cambiaría todo lo que creía merecer.
El nombre que compré con sangre es una historia de venganza que se convierte en algo que no tiene nombre limpio: el deseo de destruir a alguien y la incapacidad de hacerlo cuando ese alguien empieza a parecerse demasiado a la única persona que te queda.