Su Emperatriz, La Última en Saberlo
El día de su coronación, Enrique Valcárcel me tomó de la mano ante toda la corte.
—Isabel Salazar será mi única esposa. Mientras viva, no habrá ninguna otra consorte en este palacio.
Durante ocho años, no hubo otras consortes en el palacio.
Por protegerlo, yo había recibido una flecha envenenada, había perdido a nuestro hijo a los seis meses de embarazo y había sostenido su imperio durante las peores crisis de la corte.
Todos decían que los emperadores eran fríos de corazón, pero que él era distinto con su emperatriz.
Cada primavera, Enrique viajaba al sur del río para inspeccionar sus dominios. Tres veces le había pedido que me llevara con él.
La primera, la emperatriz viuda enfermó de gravedad y tuve que quedarme a cuidarla. La segunda, hubo una catástrofe al norte del río; las arcas estaban vacías y los ministros me pidieron que permaneciera en la capital para organizar la ayuda. La tercera, acusaron a mi hermano mayor, Esteban Salazar, de colaborar con el enemigo. Mi padre se arrodilló frente al Palacio de la Concordia y me suplicó que salvara a nuestra familia.
Cada vez, Enrique me abrazaba y decía:
—Espera un año más. Cuando todo esté en calma, te llevaré yo mismo a disfrutar de la primavera al sur del río.
Este año, en vísperas de su cumpleaños, no avisé a nadie de su entorno. Me puse ropa sencilla y viajé sola al palacio del sur.
Quería darle una sorpresa.
No había guardias en el patio trasero, solo unos manzanos ornamentales en plena floración. Bajo uno de ellos, Enrique guiaba la mano de un niño de siete años para enseñarle a escribir su nombre.
El pequeño se equivocó y, afligido, se lanzó a sus brazos.
—Papá.
Una mujer vestida de azul se acercó con un tazón de fideos para celebrar el cumpleaños de Enrique.
—Si la emperatriz se entera de que escondes aquí a tu hijo mayor, no se va a quedar de brazos cruzados.
Enrique acarició la cabeza del niño.
—No lo hará. A Isabel le importan el prestigio de los Salazar y su reputación como emperatriz. Además, su padre ya lo sabe. Él la hará entrar en razón.
La mujer le preguntó…