CAPÍTULO 4

El caos en Industrias Miller se podía oler en el aire. Los empleados corrían de un lado a otro con carpetas, los teléfonos no dejaban de sonar y el murmullo de una crisis inminente se extendía como un incendio forestal. Dentro de su oficina, Sebastián parecía un animal acorralado. Se había quitado el saco, su camisa antes impecable estaba arrugada y su cabello, siempre perfecto, lucía desordenado por el gesto constante de pasarse las manos por la cabeza.

—¿Cómo que nadie responde? —exclamó Sebastián, lanzando un pisapapeles de cristal contra la pared—. ¡He llamado a cinco bancos y todos me dicen que mis líneas de crédito están "bajo revisión"! ¡Eso no sucede de la noche a la mañana!

Robert, su director financiero, ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos.

—Es como si hubieran levantado un muro alrededor de nosotros, Sebastián. Alguien con un capital inmenso está absorbiendo nuestras facturas pendientes. Quienquiera que sea, tiene la intención de asfixiarnos antes del cierre del trimestre.

Sebastián se desplomó en su silla, sintiendo un sudor frío recorrer su nuca. En ese momento, su teléfono personal vibró. Era un mensaje de su madre.

"Sebastián, querido, ¿has visto las noticias? Dicen que la heredera de los Valerius ha regresado. Tienes que contactar con ella de inmediato. Si logras que el Grupo Imperial nos respalde, seremos invencibles. Olvida a esa mosquita muerta de Elena y enfócate en lo que importa".

Él gruñó y arrojó el teléfono sobre el escritorio. Su madre no entendía que el Grupo Imperial era precisamente el que le estaba cerrando las puertas. Lo que Sebastián no podía quitarse de la cabeza era la mirada de Elena la noche anterior. Esa chispa de frialdad absoluta antes de firmar el divorcio. Pero sacudió la cabeza rápidamente. "No, Elena es una nadie. Ella debe estar llorando en algún hotel barato, sin saber cómo pagar la cuenta", pensó para consolar su ego herido.

Mientras tanto, en el otro lado de la ciudad, un Rolls-Royce Phantom se detenía frente a L'Empire, el restaurante más exclusivo y restringido de la capital. Marcus bajó del coche y rodeó el vehículo con una precisión militar. Al abrir la puerta para Elena, sus ojos se encontraron por un breve segundo en el reflejo del cristal.

Marcus era un hombre de pocas palabras, pero sus acciones siempre hablaban por él. Elena recordaba perfectamente los correos electrónicos anónimos que llegaban a su bandeja de entrada privada durante el último año: fotos de Sebastián entrando a hoteles con diferentes mujeres, recibos de joyas compradas para su amante Camila, grabaciones de audio donde él se burlaba de la "ingenuidad" de su esposa. Elena siempre supo, en el fondo de su corazón, que Marcus era el origen de esa información. Él no quería herirla; quería armarla.

—Se ve impecable esta noche, señorita —dijo Marcus con una voz grave, casi un susurro—. Él no tardará en llegar. Estaré en la entrada. Si necesita que lo saque de aquí antes de que termine el primer plato, solo tiene que hacerme una señal.

Elena le dedicó una sonrisa suave, la primera sonrisa genuina que tenía en mucho tiempo.

—Gracias, Marcus. Por todo. Sé que fuiste tú quien me abrió los ojos cuando yo insistía en mantenerlos cerrados.

Marcus no cambió su expresión profesional, pero sus dedos se tensaron ligeramente sobre la puerta del coche. Su lealtad hacia Elena iba más allá del deber. Él la había visto crecer, la había visto llorar en silencio por un hombre que no merecía ni su sombra, y había esperado pacientemente el día en que la reina reclamara su corona. Para Marcus, Elena era el único sol en un mundo lleno de oscuridad corporativa.

—Solo cumplo con mi propósito, señorita. Usted merece el mundo, y yo me encargaré de que nadie vuelva a intentar arrebatárselo.

Elena asintió y entró al restaurante. El maître la condujo de inmediato a la mesa más apartada y lujosa, la que tenía una vista panorámica de toda la ciudad. Allí, sentado con una elegancia que rayaba en lo arrogante, estaba Alexander Sterling.

Alexander era el rival más fuerte de Sebastián. Si Sebastián era un CEO exitoso, Alexander era una fuerza de la naturaleza. Era más joven, más rico y mucho más peligroso. Sus ojos azules, agudos como los de un halcón, recorrieron a Elena cuando ella se acercó. Se puso de pie con una lentitud calculada, una sonrisa depredadora bailando en sus labios.

—Elena Valerius —dijo él, su voz era terciopelo puro—. Debo admitir que la realidad supera a la ficción. Sabía que volverías, pero no esperaba que lo hicieras con tanta... ferocidad.

Elena se sentó frente a él, cruzando las piernas con elegancia.

—No sabía que estabas tan pendiente de mis movimientos, Alexander. Pensé que estabas demasiado ocupado intentando comprar la mitad de la zona hotelera.

—Siempre tengo tiempo para observar lo que es valioso —respondió él, inclinándose hacia adelante—. Lo que le hiciste esta mañana a las cuentas de Miller fue una obra de arte. Dejarlo sin capital justo antes del trato europeo... fue poético. Me preguntaba si lo hiciste por negocios o por placer.

—En mi mundo, Alexander, el placer y los negocios son la misma cosa —replicó Elena, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Sebastián Miller pensó que podía desecharme como si fuera basura. Ahora, va a aprender que la basura es lo único que le va a quedar.

Alexander soltó una carcajada genuina, cautivado por la mujer frente a él. Él siempre había detestado a Sebastián por su arrogancia barata, pero sobre todo, lo odiaba por tener a una mujer como Elena y no tener la capacidad de ver quién era realmente.

—Me gusta tu estilo. Y por eso, quiero proponerte algo —Alexander bajó el tono de voz—. Tengo información sobre la licitación del puerto gubernamental. Sebastián cree que la tiene ganada, es su última esperanza para salvar Industrias Miller. Si nos aliamos, si el Grupo Imperial y el Grupo Sterling firman un acuerdo exclusivo, lo dejaremos fuera de la jugada antes de que pueda siquiera presentar su propuesta.

Elena tomó su copa de vino, observando el líquido rojo.

—¿Y qué ganas tú con esto, Alexander? No eres de los que ayudan por caridad.

Alexander extendió la mano sobre la mesa, rozando apenas los dedos de Elena. El contacto eléctrico hizo que ella contuviera el aliento, pero no retiró la mano.

—Quiero verlo caer, igual que tú. Pero más que eso... quiero estar al lado de la mujer que sea capaz de derribarlo. Considera esto como mi cortejo oficial, Elena. No solo quiero tus empresas; quiero a la reina que las dirige.

Elena retiró su mano lentamente, manteniendo su expresión de hielo.

—Tendrás que esforzarte más que con una simple alianza comercial, Alexander. He terminado con los hombres que solo buscan su propio beneficio.

—Oh, Elena... yo no busco mi beneficio —dijo él con una mirada que prometía fuego—. Yo busco mi destino. Y estoy seguro de que mi destino tiene tu nombre escrito en él.

Mientras cenaban, Elena sentía la mirada de Marcus desde la distancia, vigilando cada movimiento. Sabía que Alexander era un tiburón, pero era el tipo de tiburón que ella necesitaba para terminar de devorar a los Miller. El juego de poder estaba alcanzando un nivel que Sebastián ni siquiera podía imaginar desde su oficina en ruinas.

Esa noche, Elena salió del restaurante del brazo de Alexander para que los fotógrafos captaran el momento, sabía que la noticia llegaría a oídos de Sebastián en cuestión de minutos. Y esa sería la estocada final para su ego.

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