CAPÍTULO 5

La ciudad amaneció con un nuevo tema de conversación en las altas esferas. Las copias de la revista Élite Financiera volaban de los estantes de los quioscos y se agotaban en las versiones digitales. En la portada, una fotografía capturada a la salida de L'Empire mostraba a Alexander Sterling —el soltero más codiciado y temido de la industria— sosteniendo con una mezcla de posesión y respeto la cintura de una mujer misteriosa.

La fotografía capturada por un paparazzi afortunado era una obra maestra de la ambigüedad. Alexander Sterling aparecía de perfil, con su mandíbula tensa y una mirada de protección feroz que nadie le había visto jamás. Pero era su acompañante quien robaba el aliento. La cámara la había captado de espaldas, entrando al vehículo. Se veía una cascada de cabello oscuro perfectamente peinado, el corte impecable de un traje de seda gris que delineaba una figura elegante, y una mano blanca y fina, adornada con un anillo de diamantes de dimensiones aristocráticas, apoyada en el brazo de Alexander.

El rostro de la mujer era un enigma. La sombra del marco de la puerta del Rolls-Royce y el ángulo de la toma impedían ver sus facciones, pero el aura de poder que emanaba era innegable. El titular, en letras doradas, rezaba: “¿El fin de la soltería del Tiburón? Una heredera misteriosa sacude el imperio de Alexander Sterling”.

En el interior de la mansión Valerius, Elena observaba la revista sobre la mesa de café.

—Es perfecto, Marcus —murmuró ella, trazando con el dedo la silueta de su propia espalda en la foto—. Ni siquiera mis antiguos conocidos podrían asegurar que soy yo. Para el mundo, soy solo una presencia poderosa.

Marcus, de pie a una distancia respetuosa, asintió con una leve inclinación de cabeza.

—La intriga es nuestra mejor aliada, señorita Elena. Los medios están especulando que se trata de una princesa europea o la hija de un magnate del petróleo. Nadie, y mucho menos el señor Miller, sospecharía que la mujer que aparece junto al hombre más poderoso del país es la esposa a la que echó de casa con una maleta de tela.

Elena cerró la revista con un movimiento seco.

—¿Cómo va la "distracción" de Sebastián?

—Está cayendo en la trampa —respondió Marcus con una calma gélida—. Industrias Miller ha recibido hoy tres avisos de embargo preventivo. Está tan desesperado intentando salvar sus activos que ha dado órdenes de que no se le moleste con "chismes de sociedad". Ha tirado la revista a la basura sin siquiera abrirla, calificándola de "basura sensacionalista" mientras gritaba a sus contadores.

Elena dejó escapar una risa amarga.

—Su arrogancia siempre fue su punto ciego. Siempre creyó que lo único que importaba en el mundo eran sus números y su amante. Ahora sus números están desapareciendo y su amante... bueno, pronto veremos cuánto dura la lealtad de Camila.

En la otra punta de la ciudad, en la oficina principal de Industrias Miller, el caos era absoluto. Sebastián estaba rodeado de carpetas, con el cabello desordenado y una mancha de café en su camisa de mil dólares.

—¡No me importa quién sea la nueva novia de Sterling! —gritó Sebastián a su secretaria, quien intentaba mostrarle la portada que todos comentaban—. ¡Tengo a la comisión de valores respirándome en la nuca y mis cuentas personales están congeladas! ¡Saca esa revista de aquí!

La secretaria retrocedió asustada, dejando la revista en la papelera de la entrada. Sebastián no se fijó en la mano fina de la foto, la misma mano que durante tres años le había servido el té cada mañana. Su mente estaba fija en un solo objetivo: la Gala Benéfica de esa noche.

—Si logro hablar con el viejo Arthur Valerius —se decía Sebastián a sí mismo, caminando de un lado a otro—, puedo convencerlo de que Miller es una inversión sólida. Los Valerius siempre han apoyado a las empresas con tradición. Solo necesito una oportunidad. Una sola charla.

Camila entró en ese momento, luciendo un vestido ajustado y retocándose el labial.

—Sebastián, querido, espero que ya tengas los pases VIP para la gala —dijo ella con voz melosa, aunque sus ojos buscaban cualquier señal de debilidad—. Dicen que la seguridad será extrema este año porque los Valerius harán un anuncio importante. No querrás que nos quedemos fuera de la foto principal.

Sebastián la miró con cansancio. Por un segundo, la imagen de Elena, siempre tranquila y discreta, cruzó por su mente. Elena nunca le habría exigido pases VIP en medio de una crisis; ella habría estado a su lado, dándole fuerza. Pero desechó el pensamiento rápidamente. "Elena no era nadie", se recordó. "Camila es la que pertenece a este mundo".

—Estaremos allí, Camila. No importa lo que tenga que empeñar. Esa gala es mi última carta.

Mientras tanto, en el Grupo Imperial, Alexander Sterling entraba en la oficina privada de Elena sin llamar. La encontró mirando por el gran ventanal, observando la ciudad que pronto estaría a sus pies.

—La mitad de mis inversores me han llamado para preguntarme quién eres —dijo Alexander, con una sonrisa ladeada que derretía el hielo de su reputación—. Debo decir que el misterio te sienta de maravilla, Elena.

Elena se giró, mostrando una calma absoluta.

—Espero que no te moleste que te usen como escudo, Alexander.

—Al contrario —él se acercó, reduciendo la distancia entre ambos—. Me gusta que el mundo piense que me has capturado. La pregunta es... ¿cuándo dejará de ser una actuación para ti?

Elena sostuvo su mirada. Alexander era peligroso, pero había algo en la forma en que la miraba —como si fuera una joya valiosa y no un trofeo— que la hacía dudar de su propia armadura.

—Esta noche no hay espacio para sentimientos, Alexander. Solo para resultados. Sebastián Miller entrará en ese salón buscando un salvavidas y se encontrará con un iceberg. Y yo seré ese iceberg.

—Entonces, prepárate —dijo Alexander, ofreciéndole su brazo—. El coche espera. Es hora de que la "mujer misteriosa" le dé al mundo, y a tu exmarido, la sorpresa de sus vidas.

Marcus apareció en la puerta, sosteniendo el abrigo de piel de Elena. No dijo nada, pero sus ojos le dieron el último impulso de confianza. Él sabía, mejor que nadie, que la venganza es un plato que se sirve mejor bajo las luces de un salón de baile, frente a todos los que alguna vez te llamaron "nada".

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