El traqueteo rítmico del tren de alta velocidad hacia París actuaba como un metrónomo para los pensamientos de Elena. Observaba el paisaje borroso a través del cristal de la cabina de primera clase, un espacio de lujo que, en esta ocasión, no le producía culpa. A diferencia de su huida años atrás, cuando renunció a todo rastro de los Valerius para mendigar una vida humilde, Elena había aceptado que el dinero de su padre era, en este momento, su mejor herramienta de defensa. No buscaba renunciar