La llegada a la mansión de los Sterling estuvo marcada por una sobriedad que contrastaba con la calidez vibrante que Alexander y Elena habían dejado en Italia. El aire de la ciudad, más denso y cargado de actividad, parecía reclamarles su atención desde el momento en que cruzaron el umbral de la imponente residencia. Elena, aunque radiante y fortalecida por el descanso en la Toscana, sentía el cansancio natural del viaje y la sutil presión de su quinto mes de embarazo, por lo que aceptó con una