Elena no se detuvo a llorar al salir de la mansión de su padre. La revelación del pacto entre Alexander y Arthur había operado en ella una metamorfosis gélida. Ya no era la mujer vulnerable que buscaba consuelo en los brazos de Sebastián, ni la esposa apasionada que se perdía en los ojos azules de Alexander. Era una mujer que acababa de descubrir que toda su realidad era una farsa orquestada, y su primer instinto no fue el dolor, sino la justicia. Una justicia implacable y pública.
Antes de que