CAPÍTULO 90

La mañana en la villa toscana comenzó con una serenidad que Elena sintió como una bendición física. Sentada en la terraza, observaba cómo la bruma matinal se disipaba entre las hileras de vides, dejando al descubierto un paisaje que parecía haber sido pintado para su exclusivo deleite. Alexander se acercó a ella con dos tazas de infusión humeante, rodeándola con sus brazos y posando sus manos sobre la redondez de su vientre de cinco meses, que bajo la luz del sol italiano parecía irradiar una l
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