La noche había sido un túnel de sombras, pero el amanecer no trajo claridad para Elena Valerius. El taxi la dejó frente a la imponente mansión de su padre, una estructura de piedra y hierro que siempre le había recordado más a una fortaleza que a un hogar. Con las maletas a sus pies y el rostro marcado por un cansancio que iba más allá de lo físico, Elena observó la fachada. Sabía que volver allí era admitir, en parte, que su aventura hacia la independencia y el amor real había fracasado. Pero