La llegada de Alexander a la mansión de las colinas fue, en su mente, el preludio de una liberación. Llevaba el ramo de lirios blancos en el asiento del copiloto y una confesión ensayada que quemaba en su garganta. Estaba convencido de que, tras explicar el incidente con Camilla en el parque, el peso que sentía desaparecería y podrían volver a la pasión sin sombras de los últimos meses. Sin embargo, al cruzar el umbral, el silencio que lo recibió no era el de la paz, sino el de la ausencia.
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