CAPÍTULO 71.
El aire en Valragh olía a ceniza y a magia corrompida. Los restos de la tormenta de cuervos aún oscurecían el cielo, como un mal presagio que se negaba a desvanecerse. En el centro del círculo, Clara caía de rodillas, sus manos temblaban, su respiración era un espasmo entrecortado. Gritó el nombre de Emma una y otra vez, pero la niña no respondió. Se había desvanecido, tragada por las sombras que Maerthys había invocado.
—¡EMMA! —clamó entre sollozos, su voz desgarrada por la impotencia—. ¡No,