CAPÍTULO 68.
Dentro del templo, los aullidos de los cachorros se alzaron como un lamento colectivo. El suelo temblaba con cada embestida contra la puerta de piedra, y el eco de la columna rota del lobo guardián aún resonaba en los corazones de los presentes.
—¡Silencio! —gruñó una anciana loba, su voz ronca pero firme, mientras se apoyaba contra la pared con sus patas temblorosas—. ¡Callen esos aullidos! Nos delatan...
Los cachorros se encogieron, sus hocicos húmedos temblando de miedo. Uno de los más peque