El coche atravesó la entrada iluminada, los faros cortando la oscuridad de la noche.
Los guardias de seguridad abrieron los portones de la mansión Menezes en cuanto reconocieron el coche. Cuando vieron al jefe bajar con su esposa al hombro —Lorena aún forcejeando— intercambiaron miradas rápidas, pero ninguno se atrevió a decir una palabra.
—¡Suéltame, Rafael!
Su voz estaba ronca, cargada de furia y desesperación.
Él no respondió.
Ni una sola palabra.
Su mano estaba firme alrededor de ella, como