Los ojos de la mujer volvieron a recorrer la mesa, rápidos, precisos, casi quirúrgicos.
Pasaron por los inversores, por Theo, por los asistentes del fondo… cada rostro evaluado en fracciones de segundo, como si archivara información que podría ser útil más tarde.
Hasta que encontraron a Dante.
Y allí se detuvieron.
La sonrisa cambió —aún confiada, aún provocadora, pero ahora con algo más. Algo… personal.
—Dante —dijo ella, como si el nombre fuera un regalo—. Cuánto tiempo.
Dante no se levantó n