La carretera estaba vacía.
El cielo aún era un degradado oscuro, con los primeros indicios del amanecer asomando en el horizonte.
El coche avanzaba en silencio.
Theo conducía.
Dante, en el asiento del acompañante, no dijo una sola palabra desde que salieron de la ciudad.
Sus manos estaban apoyadas sobre las rodillas.
Inmóviles.
Pero la tensión era visible en cada línea de su cuerpo.
Theo lanzó una mirada de reojo.
No dijo nada.
Todavía no.
Sabía cuándo su amigo necesitaba silencio.
La casa de c