Lorena nunca había gustado de los hospitales.El olor a antisépticos siempre le hacía recordar cosas que prefería enterrar en lo profundo de la memoria. Aun así, aquella mañana, el dolor en su estómago era demasiado fuerte para ser ignorado — ardiente, persistente, como si algo dentro de ella estuviera siendo lentamente corroído.No le contó a su marido, Rafael Menezes, que iría al hospital.No quería preocuparlo.Sabía exactamente cómo reaccionaría él. Ante cualquier pequeño dolor suyo, Rafael movilizaba médicos, especialistas, exámenes demasiado caros, miradas demasiado atentas. Se aseguraba de demostrar que nada en el mundo era más importante que el bienestar de ella.Lorena sonrió para sí al pensar en eso.Él siempre cuida de mí, pensó.Desde que se había mudado a la casa de su suegra, tres meses atrás, su estómago ya no era el mismo. La comida parecía pesar más, las noches eran mal dormidas, y aquel dolor insistente se había vuelto parte de la rutina. Aun así, prefirió ir sola. E
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