El restaurante era demasiado silencioso para ser casual.
No el tipo de silencio vacío —sino aquel controlado, caro, donde cada detalle parecía calculado para no interferir en lo que realmente importaba: quiénes estaban allí dentro.
En cuanto llegaron, no pasaron por el salón principal.
Fueron conducidos directamente.
Pasillos discretos, iluminación suave, puertas cerradas. Privacidad. Poder.
Cuando la puerta de la sala se abrió, las conversaciones en su interior cesaron por un breve instante —l