Rafael no recordaba la última vez que había parpadeado.
Sus ojos ardían como si los hubieran frotado con arena, rojos, hundidos, los párpados demasiado pesados para el estado de alerta que su cuerpo se negaba a abandonar. La luz de la mañana se filtraba por las cortinas sin pedir permiso, demasiado clara, demasiado cruda, revelando cada imperfección que la noche había intentado esconder —el whisky derramado sobre la mesa, la ropa arrugada en el suelo, el vacío de la cama que nadie ocupaba.
Nada