El aterrizaje fue suave.
Casi demasiado silencioso para todo lo que había quedado atrás.
Lorena sintió el impacto de los neumáticos en el asfalto como un punto final —no en lo que sentía, sino en lo que había vivido hasta allí. La cabina del avión estaba casi vacía, los pocos pasajeros se movían con la lentitud de quien no tiene prisa, y ella mantuvo la mirada fija en la ventanilla hasta el último segundo, como si aún esperara ver algo —o a alguien— apareciendo en la pista, interrumpiéndolo tod