El aroma del pan recién horneado se esparcía por toda la casona Gallardo, una construcción antigua, pero restaurada con amor, ubicada en las colinas del sur, donde la brisa era más dulce y el cielo parecía más amplio. En la cocina, la abuela Elisa removía con paciencia una olla de chocolate caliente, tarareando una vieja melodía mientras las tazas reposaban ya servidas sobre la mesa de roble.
—Vanesa, corazón, ¿puedes traer la canasta con los bollos? Está en la despensa —pidió Elisa con voz su