El sol de la tarde bañaba el jardín del hospital con una calidez suave, como si el cielo hubiese decidido regalarles un respiro tras la tormenta. Las hojas de los árboles se mecían al ritmo del viento, y el canto de los pájaros formaba una melodía tranquila, casi sagrada.
Isabella empujaba lentamente la silla de ruedas donde estaba sentado Sebastián. Aunque él insistió en caminar, el médico fue claro: unos días más de reposo no le harían mal a nadie. A regañadientes, aceptó… siempre que Isabel