Julieta pasó por Olivia a la habitación cerca de las tres de la tarde. Tenían varias horas de camino por delante y regresarían muy tarde, pero había sido la única hora que el médico tenía disponible. Olivia iba nerviosa en el auto.
— ¿Cómo te has sentido, cariño? — preguntó Julieta.
— Bien, me ha descansado un poco la pierna.
— Esperemos que te dé algo para el dolor, algo para curar las heridas y otro aparato. Es injusto que sigas usando ese cacharro viejo.
— Eso mismo ha dicho Rafael. Quiere que tenga otro aparato, pero puede ser muy costoso.
— Bueno, querida, pero eso no es un problema para él.
Olivia se quedó seria. Si bien el dinero se les notaba, no era consciente de la magnitud de su fortuna; Rogelio jamás le había contado sobre los negocios de su familia.
— Entiendo.
— No lo veas como algo malo. Rafael es un hombre muy centrado y ayuda a quien sea; no podría dejar de lado a su esposa. Y no me veas así, que las dos sabemos de ese tema.
— Solo no quiero molestar.
— Acepta las cos